Profesor: Roman Gubern

Duración: 8 horas (2 sesiones de 4 horas, cada una).

Objetivo: analizar la historia del cine documental español, desde sus orígenes hasta el final de la dictadura del general Franco (1977), pasando por la etapa republicana (en la que destaca Tierra sin pan de Luis Buñuel, 1933) y por la abundante producción documental y de propaganda surgida durante la Guerra Civil (1936-39).

Contenidos: Las clases versarán sobre el documental en la primera etapa del cine español, desde la llegada del invento de los hermanos Lumière a España en 1896 hasta 1975, fecha del fallecimiento del dictador general Francisco Franco. Fue un periodo complejo y diverso, para una actividad que no se encontró en la primera fila del arte cinematográfico mundial. Se inició bajo el reinado de Alfonso XIII (bisabuelo del actual rey), como una industria muy modesta. Y aunque entre 1923 y 1929 el país vivió bajo la dictadura del general Primo de Rivera, ello no impidió la aparición de una élite imtelectual cinéfila nucleada en torno a algunos cineclubs y con unos modestos intentos de cultivar el documental de vanguardia. El nombre más conocido de esta generación es Luis Buñuel, que iniciaría su exitosa carrera en París en 1929. En 1931 la monarquía, derrocada, daría paso a una república liberal-progresista, que promocionó la difusión cultural entre las clases más desfavorecidas, gracias a sus itinerantes Misiones Pedagógicas (creadas en mayo de 1931), que portaban en sus expediciones rurales proyectores cinematográficos. El cine social se hizo revolucionario con el documental Las Hurdes/Tierra sin pan (1933), de Buñuel, por entonces militante comunista. Pero las fuerzas de extrema derecha (capitaneada por terratenientes, financieros y generales) dieron un golpe de Estado en julio de 1936, liderado por el general Francisco Franco, que inició una Guerra Civil que duraría tres años. La cruenta Guerra Civil dio vida a una copiosa producción de cine documental de propaganda política. En el bando del Frente Popular los anarquistas predicaban en sus films la prioridad de la revolución social, mientras que los comunistas consideraban que la urgencia era ganar la guerra al fascismo. Esta discrepancia ideológica, que debilitó considerablemente a la República con sus debates y enfrentamientos, contrastó con el monolitismo del bando fascista, cuya producción cinematográfica, mucho más escasa y tardía, tomó como modelo al cine nazi y la estética de Leni Riefenstahl. En abril de 1939 los fascistas se convirtieron en vencedores de la contienda y crearon sus noticiarios propagandísticos, a la vez que implantaban una férrea censura en todos los medios de comunicación.

En este clima tan hostil, que yuguló la posibilidad de una floración documental independiente, la creación en 1947 de una escuela oficial de cinematografía (denominada Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas, a imitación del Centro Sperimentale di Cinematografia creado por Mussolini en 1935) sirvió de precario refugio para cineastas jóvenes e inconformistas (como Carlos Saura o Basilio Martín Patino) que iniciaron sus carreras cultivando documentales, mientras un veterano de las Misiones Pedagógicas, José Val de Omar, exploraba como francotirador el documental experimental de vocación poética. Desde 1962, con la modernización de España debida en parte a la gran afluencia turística y a sus divisas, que aligeró el rigor de la censura y permitió promocionar un cine español más renovador y competitivo –el llamado Nuevo Cine Español-, pudo despuntar tímidamente un filón documental, con películas como Juguetes rotos (1966), de Manuel Summers. Y, en los años finales de la dictadura, algunos colectivos de Barcelona y de Madrid cultivaron un cine documental clandestino destinado, en buena parte, a cadenas televisivas extranjeras. El general Franco murió en noviembre de 1975, lo que supuso un nuevo capítulo en la historia del cine español.